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"Las dos Rosas"

      Me he prometido a mí mismo no escribir historias lastimeras, pero no puedo evitar ese apartado triste. Y es que las cosas de la vida, y sobre todo de la vida del pobre, suelen llevar una gran carga de dolor. Amor y desamor, alegría y tristeza, siempre van unidos. Estas palabras que escribo y que ustedes leen, hablan de amor, sobre todo de amor, entre una abuela y una nieta.  Sólo amor y admiración por mi parte. Se tienen la una a la otra, y es todo lo que tienen.

      La abuela se llama Rosa y la nieta también; es como un rosal lleno de espinas. Primero conocí a la abuela. Vive, con  su nieta, en un cuarto que hace de dormitorio y de basurero a la vez. Echen una ojeada a la foto que tienen delante y comprueben que es verdad lo del basurero.  Rosa cocina frijolitos, aunque de cocinera no tiene nada. Lo que sí tiene es mucho amor en el corazón. Sonríe con una sonrisa bobalicona que deja ver una dentadura  postiza, que será prestada, porque no le favorece nada. Pero no andamos para remilgos, en estos tiempos. Y “pa” postre está sorda y no se entera de nada de lo que digo, pero disimula diciendo gracias cada dos por tres, aunque  yo hable de los cocoteros. Ahora habla la abuela Rosa, con voz chillona y desagradable:

  • Tengo hijos, pero no me atienden. Mucho les molesta que yo viva aquí, cerquita de ellos. Se avergüenzan de mí. Yo lavo ropa de otros y así vivimos mi nieta y yo.

      Si eso es vivir, digo para mí. Ya no habla más, sólo  me mira y sonríe con la sonrisa bobalicona. Yo me entretengo contando las cucarachas que se pasean por  encima de los cacharros de su mugrienta cocina.  Cuento cucarachas. Se me acaban los dedos de las manos y de los pies y siguen apareciendo  bichejos repugnantes. Y en este preciso momento aparece una muchachita espigada, flaca y de mirada agresiva. Sin duda está molesta de que yo esté allí. Lleva unos zapatos sucios, en la mano; los únicos que tiene. Tira el “bolsón”  roto con los útiles del colegio y espachurra, con el pie desnudo, la primera cucaracha, que se cruza en su camino. Tiene un andar destartalado, como si le pesase la vida, y eso que cuenta sólo  trece años. Tiene, desde muy tierna, así me cuentan, carencias de expresión. Su mamá la abandonó, huyendo de  los malos tratos del hombre con el que vivía, y no ha vuelto a dar señales de vida.

      Me cuentan también,  que su padre era una mala persona que tomaba mucho aguardiente y que “no le paraba bola” a su hija. Me cuentan que murió de noche, asesinado a balazos cuando salía de una casa de “esas mujeres”. Y  me terminan de contar, que desde que era muy tierna ya no  habla. Pero “ha ido a la teletón” para aprender a expresarse. Ahora habla poco y mal. Vean cómo habla Rosa, la nieta:

  • Yo gano. Cuando no tengo colegio lavo ropa y gano.

      Después de haber dicho esta frase para la historia,  agacha la cabeza y no la levanta hasta que compone otro sutil pensamiento. Esta vez sobre los zapatos, que usan la abuela o la nieta indistintamente, según  se  necesite. Yo ya sé la respuesta, pero ella me dice:

  • Mi mami me deja los zapatos para ir a estudiar. Rotos están. Mi mami los pone para ir a la iglesia. Yo los pongo para estudiar. Me los quito para que no se rompan más.

      Sus pies son inmensos y ya no queda sitio para más porquería. Pero es divertido ver los dedos de sus pies. Se mueven con una agilidad pasmosa. Tal vez tratando de localizar y despanzurrar  a otra despistada cucaracha. Yo pregunto y ella responde  lo que quiere:

  • Bolsón no tengo. Necesito una pluma negra, otra azul y otra roja. Y diccionario, necesito, Y cuaderno de dos rayas. Y papel “bon”…

      Me mira con la esperanza de que yo diga que se lo compro, pero  su mirada sigue siendo desconfiada. Y sigue a su bola:

  • Quiero ganar para comprar una cocina. Esta echa humo.

      Desde  luego porque la que tienen es de queroseno y me está mareando. Ya no me pide más, pero le faltaría pedir un camión de la basura, no de juguete, sino de los de verdad, para llevarse toda la porquería que tienen en casa. Y una pastilla de jabón y champú. Y colonia; ya que se llaman Rosa, que huelan un poco bien. Y una ducha…

      No olvidaré la mirada dura y agresiva de la pequeña Rosa. Ni olvidaré la sonrisa bobalicona de la Rosa  vieja: la que lleva una dentadura prestada; la que desde los quince meses cargó con el regalo de su nieta; a la que su hijo ‘no para bola’; la que está como una tapia; la que sólo sabe decir gracias.

P. Arsenio. CSSR

      PS. Es domingo. Madrugar  a las 4,30 de la  mañana no me sienta bien. Llegaron las dos Rosas a misa. La Rosa mayor me dedicó la mejor sonrisa bobalicona que yo haya visto. La Rosa menor, de mirada agresiva, me habló  del queroseno, que se había acabado. Y yo mostré la mejor cara de impotencia y despiste que pude y supe.  Supongo que  no las veré más. Termina la misa. Se van despacito. A diez pasos giran las dos la cabeza. No hablan. Me miran y siguen caminando. Cada una con su particular sonrisa. Se tienen la una a la otra.

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